PATA DE PERRO
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Gloria in Excelsis
Enero 22, 2012

Por RAMIRO GOMEZ-LUENGO

Bienaventurados aquellos que puedan comprar un departamento en el monstruo de cristales que se alza altanero en la calle de Campeche 175 casi esquina con Manzanillo, porque sin querer queriendo tendrán el privilegio de vivir sobre lo que un día fue uno de los cines de barrio más respetados y queridos no sólo de la colonia Roma, sino también del Distrito Federal: el Gloria.

Y si bien el perro de marras tenía sus dominios cuando sólo era un cachorro en la colonia Portales, el hecho de que sus amigos de la infancia fueran habitantes de la Roma y la Hipódromo-Condesa le valió ser un asiduo asistente al desaparecido cine, donde entre muéganos, refrescos y palomitas se llegó a recetar hasta tres películas por un mismo boleto, aunque esto último siempre fue una falacia, puesto que el canino y sus cuates jamás pagaron entrada.

Como el dinero era una cosa bastante escasa en los bolsillos de aquella pandilla de chamacos que tenían un común denominador: ser niños chilenos hijos de exiliados que habían llegado a México en los años 70 escapando de la dictadura de Augusto Pinochet, ir al Gloria era una opción más que viable por una simple razón: el administrador del cine era un señor chileno que había llegado a México en los años 70 escapando de la dictadura militar.

Para el perro siempre fue motivo de asombro el que un tío, denominación afectiva con la cual todos los niños chilenos llaman a las personas adultas que son amigos o conocidos de su familia, había llegado a ser el administrador de un cine que, si bien  ya mostraba en sus instalaciones, especialmente butacas, cortinas y pantalla, su decadencia, no dejaba de ser un lugar especial para ir a disfrutar con todos los cabros (léase chavos en mexicano).

El perro no recuerda bien si fue Nano, Kiko, Sergio o Mauricio, aunque cree que finalmente fue Andrés, o mejor dicho el hermano menor de éste, Rorro, quien le informó que un “tío chileno llamado Ruperto Palma” estaba de encargado del cine Gloria y que durante una plática con sus padres les dijo que si alguno de los niños chilenos que vivían por el rumbo quisieran ir gratis a la función, podían hacerlo con toda confianza.

Aquello fue decir y hacer, porque de inmediato el cinecito de barrio se llenó de pequeños acentos sudamericanos mezclados con palabras mexicanas, quienes hartos ya del Parque México o el Parque España, llegaban en procesión hasta el hombre que recogía los boletos en la entrada de la sala para preguntarle por el “tío don Ruperto”.

“La técnica para entrar al Gloria es bastante simple –comentaba Nano, quien llegó a ostentar un récord difícil de batir: más de 15 asistencias gratuitas al cine en menos de un mes- después de hablar con el señor que recoge los boletos llegas a la oficina de don Ruperto, a quien le dices que eres chileno, le preguntas por la familia y luego le pides permiso para pasar a la sala”.

Por esa época el Gloria ya no exhibía películas de estreno, sino más bien comedias ligeras, la mayoría hollywoodenses, aunque el toque nacional lo imprimían los famosos cortos, que los chamacos andinos llamaban “largos”, los cuales eran obra y gracia de un señor llamado Demetrio Bilbatúa, quien lograba en menos de 15 minutos poner a dormir al más pintado, puesto que la mayoría de sus noticiarios eran bastante aburridos, a pesar de que el narrador siempre cerraba la nota haciendo comentarios supuestamente graciosos.

Preguntarle a don Ruperto por la familia era un eufemismo, un simple requisito para entrar a la sala tras cumplir con los cánones de la cortesía gorrística, puesto que todos los tíos, incluidos los papás, sabían perfectamente que aquel hombre había llegado a México solo y que incluso muchas veces ni siquiera se retiraba al final de la función al modesto departamento que rentaba en la Roma, ya que prefería dormir en la oficina del cine.


Y fue entre ese maremagnum de chilenitos que se coló un amigo de un amigo que era bien mexicano, y quien, debido a que apenas tenía ocho años, comenzó a ser tratado como la mascota del grupo, razón por la cual se ganó el cariño de don Ruperto, quien siempre que lo veía le obsequiaba alguna golosina de la dulcería del cine.

Fueron tantas las atenciones de don Ruperto para aquel niño, que la madre de éste, una viuda de mediana edad, sicóloga para más detalles, decidió un día acudir al cine para conocer en persona al “señor chileno tan amable”.

Aquello fue amor a primera vista, puesto que a partir de ese momento la viuda y don Ruperto, pese a la diferencia de edades, comenzaron a frecuentarse, a tal grado, que en menos de un año formalizaron su relación, es decir, la fábrica de sueños que es el cine, había hecho otro de sus milagros.

Pero así como el cine Gloria no tuvo un final feliz, esta historia de amor no fue la excepción, puesto que don Ruperto nunca pudo ocultar que uno de sus mayores deseos era el de regresar algún día a su patria, en donde se decía que tenía hijos, a sabiendas de que la viuda y su hijo no aceptarían abandonar su tierra.

El fin de la dictadura militar en Chile en 1991 abrió la posibilidad para que todos los exiliados pudieran regresar finalmente a su tierra sin temor a represalias, y don Ruperto fue de los primeros en comprar su boleto de regreso, a pesar de las advertencias de su médico, quien le había detectado severos problemas del corazón que podrían agravarse debido al viaje en avión.

El perro dejó de ir con su banda chilensis al Gloria, que después se convirtió en una discoteca llamada el Cine, y según le contaron personas muy allegadas a don Ruperto, éste decidió divorciarse de la sicóloga “para no molestarla con su estúpida decisión de regresar a Chile”.

Poco después, el perro se enteró que cuando el avión que venía procedente de México se posó en la pista del aeropuerto de Santiago de Chile, todos los retornados que venían a bordo estallaron en fuerte aplausos, con excepción de uno, don Ruperto Palma, cuyo corazón no resistió el viaje y dejó de funcionar minutos antes de que el aparato tocara tierra.

Tras su paso como discoteca, el Gloria quedó cerrado un par de años, tiempo durante el cual se llegó a especular que tal vez podría ser rehabilitado como multicinema, cosa que no sucedió debido a su tamaño, o ya de perdis que fuera reabierto como centro religioso, siguiendo el ejemplo de su primo mayor: el cine Estadio, el cual es actualmente el Templo Mayor de la Nueva Iglesia Universal de Dios, tras una breve temporada como Teatro Silvia Pinal.

Cuando la banda chilena llegó al Gloria ya tenía mucho rato que había pasado su mejor época, y quizá eso era parte de su encanto, sobre todo la marquesina, que con frecuencia lucía letras de distinto tamaño y tipografía, sin olvidar a la seño que vendía pepitas calientes a las afueras del cine.

Finalmente, el inmueble fue demolido, y en su lugar se construyó un imponente conjunto habitacional que, bajita la mano,  tiene el privilegio de poder presumir que a sus inquilinos les brindó no sólo la posibilidad de vivir en la Roma, sino también en la gloria.

(rluengo4@hotmail.com)



Post mortem





Rencontrando al campeón

-- 1a. y 2 Partes --



Rencontrando al campeón

-- 3a. Parte --




El Nivel
--1a. parte ---

El Nivel
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El Nivel
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Todo menos placer

 
 
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