“Aquí en Estados Unidos
hemos asesinado a un presidente y a su hermano,
otro presidente tuvo que dejar el cargo.
La gente que cree en la política
es como la gente que cree en Dios:
soban aire con pajitas
torcidas”
Charles Bukowski
Por Octaviano Lozano Tinoco
Analista político internacional
Los estadounidenses parecen atrapados en un laberinto y no encuentran la forma de enfrentar al gobierno del presidente Donald Trump, ensombrecido por acusaciones de genocidio y denuncias de pedofilia.
La política cínica que impulsa el republicano ha dinamitado las Naciones Unidas y la diplomacia internacional construida tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, sumiendo a su propio país en un laberinto del que le cuesta salir.
Con la mano en la cintura, Trump exige hoy que Canadá se convierta en el estado número 51 de Estados Unidos, que Groenlandia pase a formar parte del país por “intereses de seguridad nacional” —ya sea mediante su compra o una ocupación militar— y reclama que el Canal de Panamá vuelva al control de la Casa Blanca.
Afirma haber puesto fin a ocho guerras, que no es así, pero junto con Israel ha iniciado un ataque frontal contra Irán con el objetivo de controlar sus ricas reservas petroleras y regresarlo, con sus bombardeos, a la “edad de piedra”.
A principios de año, lanzó una operación militar en Venezuela que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, acusados de vínculos con el narcotráfico.
Sin embargo, el llamado Cartel de los Soles, al que Estados Unidos vinculaba a la familia Maduro, ha sido desmentido en su existencia por las propias autoridades estadounidenses.
Aun así, el caso contra Maduro sigue adelante.
Trump actúa como “un elefante en una cristalería”: causa destrozos en la convivencia internacional y derriba puentes diplomáticos bajo el lema “América Primero” y sus seguidores afirman que es el nuevo “Jesucristo en la tierra”
En el plano interno, desató una cacería violenta contra la población migrante que ha dejado muertos y miles de encarcelados, incluso deportados a terceros países como Sudán del Sur.
La guerra contra Irán ha provocado un fuerte aumento en el precio de la gasolina, que ronda los 5 dólares por galón en algunas zonas, y ha acelerado la caída en la popularidad del presidente.
Solo el 30 % de los estadounidenses aprueba su gestión, mientras más del 60 % la rechaza. Es evidente que, cuando el refrigerador del estadounidense común se vacía, comienza a movilizarse contra el gobierno.
Sin embargo, rara vez identifica con claridad al enemigo real. El ciudadano promedio parece no querer reconocer que su país, durante más de un siglo, ha cometido actos ilegales en todo el mundo para obtener beneficios para sus empresas y su población.
Si Estados Unidos ha logrado progreso, no se debe a que su sistema político y económico sea el mejor del mundo, sino a que ha vivido del saqueo y las guerras para someter a otras naciones.
Ante esa burbuja de percepción, resulta comprensible que una gran marcha que reunió a más de 8 millones de personas en distintas ciudades del país se diluya políticamente bajo el lema “No Kings” (No Reyes).
No, señores estadounidenses: no se enfrentan a un “rey”, sino a un líder acusado de ser pedófilo, genocida, cínico y delincuente, que ha entregado su país a los grandes empresarios y pone en riesgo la democracia estadounidense —que no es modélica ni ejemplo mundial—, pero que ustedes han defendido como propia.
Si no identifican claramente a qué se enfrentan, no podrán confrontar a una cúpula política que los devora poco a poco y seguirán perdidos en su laberinto.
Quizá el nudo del asunto sea que no quieren reconocer que Estados Unidos es un imperio que ha causado más destrozos en el mundo que beneficios reales.
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